Que se joda el Nobel

Que se joda el Nobel

09/10/2019

Todos los años, en la víspera del anuncio de Premio Nobel de Literatura, escribo algo sobre Antonio Lobo Antunes. No sé; hay gente que vio Big Brother o La Academia, gente que hacía maratón con... el Teletón; hay gente que le van al América, otros —fatalistas—, al Cruz Azul. Yo le voy a Lobo Antunes. Tal vez porque llegó en un momento en el que lo necesitaba, tal vez porque escribe como me gustaría escribir. Tal vez porque lo entrevisté, tal vez porque es el protagonista de mi primera —y única, hasta ahora— novela… Tal vez, no lo sé. El año pasado me quedé con las ganas: un escándalo sexual —o de índole sexual— dinamitó por dentro al comité encargado de elegir al ganador y el premio se cebó. Se extirpó el tumor —en este caso, un sátiro: el francés Jean Claude Arnault— y se anunciarán dos ganadores. Así, este año, Lobo Antunes tiene el doble de posibilidades, aunque él ya dijo que le valen un sorbete los premios: por lo único por los que los aspiraba era para compartir la alegría con su mujer, su mayor admiradora —“incluso guardaba las notas que le dejaba, para la posteridad…”. Pero su mujer ya murió, y ya nada le importa más. Escribe para exorcizar  su pasado, poblado —y plagado— de fantasmas, como los que él mismo creó en Angola —“amarraban a un prisionero a un cadáver y, dos o tres días después, la putrefacción comenzaba a invadir los tejidos del vivo, que moría en vida”. Aunque critiquen los premios —a honra, ¿qué es eso de dárselo a Dylan?—, los Nobel son un poderoso motor de la industria editorial. La sequía del año pasado se reflejó en las novedades de las librerías: pocos fueron los títulos publicados este año que valieron la pena. Este año, en contraste, se han publicado grandes novelas: apenas ayer llegó a librerías la nueva del Nobel Mario Vargas Llosa, “Tiempos recios” (Alfaguara), la más reciente de esa magnífica epifanía que es Eric Vuillard: “La batalla de Occidente” (Tusquets). El Premio Nobel, creo, funciona a manera de recomendaciones: te dan una lista de nombres que vale la pena investigar. Este año, por ejemplo, no suena Lobo Antunes, pero sí la china Can Xue, la estadounidense Marilynne Robinson, la rusa Liudmila Ulítskaya, la polaca Hanna Kroll, la surcoreana Han Kang y la canadiense Margaret Atwood, una habitual de las quinielas desde hace años. En la nómina de nombres clásicos figuran también el checo Milan Kundera, el albanés Ismail Kadaré, el húngaro Péter Nádas, el sirio Adonis, el australiano Gerald Murnane, el noruego Jon Fosse, el italiano Claudio Magris, los estadounidenses Don DeLillo y Joyce Carol Oates, el surcoreano Ko Un y el austríaco Peter Handke. El rumano Mircea Cartarescu, el húngaro László Krasznahorkai y el vietnamita Duong Thu Huong también suenan en las casas de apuestas —por que, claro, hay apuestas: ludopatía literaria— y en los pronósticos de los medios suecos. Igual aparecen ahí elecciones más comerciales como el japonés Haruki Murakami –gran favorito años atrás– y el estadounidense George R. R. Martin, autor de la saga de Juego de tronos. Es como un mundial de escritores. Y sé que Lobo Antunes la tiene difícil, es algo así como la selección de Islandia. Saramago agotó la cuota para los autores portugueses, y si se decidiera por un autor de esa lánguida lengua sería por uno brasileño. Tal vez, sólo tal vez por eso mi autor favorito se curó en salud y el año pasado reiteró: Que se joda el Nobel. Que se joda, secundo, pero qué bonito sería si lo ganara. Mañana, jueves 10, lo sobremos.