El aleteo de la mariposa

El aleteo de la mariposa

24/10/2019

Una nueva generación busca la playa debajo de los adoquines; escarba las calles, hasta acabarse las uñas, con la esperanza de humedad y arena. Sueña barricadas, bombardea molotovs, incomoda grafitis. Ecos del sesenta y ocho, rescoldo de las revoluciones de terciopelo que oxidaron el telón de acero; resabio de la egipcia plaza Tahrir, hoy de la Liberación. Una nueva generación se rebela, y lo hace en español. En Ecuador aún arden los cohetones con los que una  inmensa columna de indígenas, gusano furioso, hizo al presidente Lenín Moreno dar un paso atrás —metafóricamente. Acorralado por los capitalistas salvajes, el mandatario de la mitad del mundo cortó de tajo las incongruencias del antaño populismo, e incendió la nación con el rocío de una gasolina más cara. Click: el interruptor de la indignación. Lenín, pálido, corrió —metafóricamente— del Carondelet y se parapetó en la Calculta de América, donde al final capituló. En Chile, una preciosa turba exorcizó al presidente Sebastián Piñera, poseído por esa legión de demonios que se llamaba Pinochet. La revuelta ya tiene mártires, a pesar de las mentiras. Abuelos que se transportan a las pesadillas de su niñez arrullados por los helicópteros de pos militares, los mismos que tiraron a sus amigos muertos al mar. En ese Chile extraño la primera dama emuló a María Antonieta: ¿el pueblo no tiene pan? Pues que coman pasteles. Rebuznó la esposa de Piñera que los manifestantes parecían alienígenas, siendo ella la que en realidad estaba en otro planeta. El aprendiz de tirano fracasó y claudicó, como López Obrador ante los señores de la guerra de los campos de opio y mariguana. Sin embargo, su país ya no volverá a ser el mismo: un alza de tarifas en el transporte público despertó a un pueblo que no sabía que el mundo está más allá de las vitrinas de los comercios —y por eso, con la rabia reprimida de los engañados, los destrozaron; unos pesos más al ticket sirvieron para encender la hoguera de injusticias acumuladas y silenciadas por un artificial estado de bienestar que nunca cuajó. Al otro lado del inmenso Atlántico, más allá de las columnas de Hércules, las ramblas tiemblan, cimbradas por cánticos independentistas; visca, nueva nación. Una sentencia que cayó como fría lápida, losa ardiente resucitó el fugaz sueño de independencia. El laudo, nuevo interruptor: click. Las calles que antes bailaban al compás de la orquesta de pájaros ahora lo hacen al de cristales rotos y cargas policiales. La triste herencia de un dictador que incluso a la tumba le da arcadas y sus gusanos se niegan a devorarlo se la pelean nacionalismo estériles y anacrónicos. La chispa vuela y hace piruetas en esa atmósfera enriquecida con el oxígeno de la certeza de que los verdaderos sueños llegan al despertar y aterriza ahora en Bolivia, amenazando con incendiar ese país huérfano de mar. El click que puso en marcha esta nueva revolución fue el de ese sistema que se cayó y que le di a ese hijo de Eva, Evo, permiso para eternizarse. En México, una burbuja misoneísta, que repele lo distinto, nos mantiene, hasta el momento, ajenos; aquí, dice el que manda, la gente es felizfelizfeliz, por no decir pendejapendejapendeja. Pero la brisa de la libertad se filtra incluso por rendijas rendidas al olvido. Lenín nunca se imaginó poniendo pies en polvorosa —metafóricamente— por su epifanía capitalista ni Piñera, ondeando una bandera blanca a esos extraterrestres que se negaron a pagar unos pesos de más. Evo, envalentonado, aún no reacciona al no, y los españoles se empeñan en retroceder el reloj. La historia nos ha dado lecciones, y una de ellas es que el coraje no conoce fronteras. Sólo basta el aleteo de una mariposa ahí para que se desate una tormenta aquí, una dulce tormenta…