Los chilenos salvajes

Los chilenos salvajes

01/11/2019

La historia comienza el 2 de noviembre, y, pocos meses después, el 15 de febrero, estalla en uno de los finales más abruptos de la literatura contemporánea, un punto y aparte que sigue respirando; big bang. El náufrago chileno Arturo Belano recala en la costa de sargazos y jeringuillas de la Ciudad de México; tras él, la nave de su país se hundía en una sangrienta purga de décadas; engullida por la hemorragia de un  remolino de violencia. Lo rescata Ulises Lima, y juntos comienzan a patear la calle, con la rabia contenida de las suelas; luchando contra cíclopes y lestrigones, disfrutando, sádicamente, cada kilómetro de su regreso —más bien periplo— a Ítaca. Intoxicados con poesía, adictos al verso —ese enamoramiento que no impide, que llama a la violencia— crean un universo regido por sus particulares leyes, en donde no existe nada más que la lírica —un poeta grueso, de más de cien kilos, los perseguía por los callejones de la metrópolis, para matarlos. Belano era una chispa de la gran hoguera chilena, que revoloteó fronteras hasta posarse, a veces con la violencia de una arenga, otras con la dulzura de un soneto, y Lima, estopa, leña seca y combustible: una hoguera cuya crónica la azuzó con la pornografía erudita, científica García Madero. Belano, envalentonado por la sombra de Lima, declara la guerra a Paz, revienta los recitales del Nobel y forma su propia escuela de poetas muertos, para después emprender inexplicables purgas. Al final, los integrantes del real visceralismo se reducirán a tres —triduo, trinidad, tercia: Athos, Porthos, Aramis— y será entonces cuando la inmensa capital les quede chica, los ahogue, y emprendan la conquista del inmenso desierto, olfateando el rastro de Cesárea Tinajero: detectives salvajes en un viejo oeste de sombras y recuerdos. La temporada en el infierno de Arturo Belano concluye en una locura, en ese punto y aparte que sigue respirando. El oasis de los versos de la maldita rapsoda igual salva al lector de la novela de Roberto Bolañoalter ego de Belano— de la aridez de una realidad en la que, se asume, no hay lugar para la poesía. Sin embargo, armagedones como el de estos días en Chile, donde barbudos sanjuanes escriben un hermoso apocalipsis del  estatus quo demuestran que, aún hoy, la pluma sigue siendo más fuerte que la espada. Aunque el soundtrack de esa revolución suene a Los Prisioneros o a Víctor Jara, es precisamente el espíritu de Bolaño/Belano el que inspira e insufla esa pira indómita en donde arden los pagarés del Fondo Monetario Internacional. Dicen que el autor de Los detectives salvajes murió hace ya años, después de arrasarlo todo a su paso; dicen que fue un cáncer voraz… Bautizó Arturo a su espejo literario en honor a Arthur Rimbaud, quien harto de la poesía se fue a explorar confines, a apaciguar tierras indómitas. Tal vez Bolaño no murió y simplemente se autopurgó de los real visceralistas. Tal vez esté ahora pintando versos anarquistas en las calles de Santiago, a donde, por fin, regresó…