Una historia familiar

Una historia familiar

05/03/2020

Y, cuando despertó, el cadáver de la mujer seguía ahí: desnudo, ensangrentado; él y la inmensa soledad de una escena del crimen. A la hermana mayor, al saber la noticia, se le agrió la leche: fue incapaz de amamantar a su primogénito y a los otros trece hijos más que dio a luz. Nunca se comprobó que él fuera el responsable de ese feminicidio, pero aún así purgó una vida en las Islas Marías. No bastó con que él fuera condenado: sus cuatro hermanas solteras también fueron recluidas, ellas a un convento, en penitencia al pecado ajeno; tres de ellas se marchitaron dentro de cuatro paredes, en estancias que, como la de su hermano, también eran conocidas como celdas; una aún —sobre—vive. No sé si alguna de ellas encontró en ese encierro la vocación religiosa; no sé si en las madrugadas, frente a Él, la inmensa soledad de la capilla, lloraban y se arrepentían de su docilidad. Las vi pocas veces, sólo en las que les permitía salir del convento; siempre lucían una sonrisa enmarcada en sus hábitos negros y blanco. Una vez coincidieron tres en Mérida, y las entrevisté; fui incapaz de remover ese pasado, semilla de una historia aún sin germinar que me ha perseguido toda mi vida. Una de ellas sobrevive y aún reza por su hermano —y por todos nosotros. Las otras yacen en el camposanto de la orden. Aún recibo los saludos de esa tía abuela, quien sin conocer a mis hijas, intercede por ellas en esas madrugadas frente a Él; hoy pidió por Cayetana y por su competencia de mañana. La vida de ella —y sus hermanas— es, para mí, significado de un patriarcado que lacera —en la familia, en la sociedad, en la Iglesia… Aún así, sé que el lunes 9, mientras la maquinaria se detendrá, ella seguirá rezando, ya no en soledad sino en compañía de las otras que dieron su vida por un crimen que nunca se resolvió…