Algo muy parecido al infierno

Algo muy parecido al infierno

11/04/2018

La rampa de urgencias del hospital Juárez es el epicentro de la tragedia. Todas las noches decenas de personas se arremolinan en esa entrada al infierno, esperando, en muchas ocasiones, las más tristes noticias de su vida. A las once y media de la noche, una mujer abre las puertas y comienza a pasar lista. Los nombres se recitan, a gritos, provocando que los corazones de los familiares se estrujen, una y otra vez; una y otra vez.

Hombres y mujeres, niños y ancianos, hacen guardia en ese lúgubre, insalubre sitio, para pasar minutos con su enfermo. Minutos. Algunos platican en voz baja. Otros, mal duermen en cualquier rincón. Fuman. Ven sus celulares, matan el tiempo mientras la enfermedad hace lo mismo con su padre, madre, esposo, hijo o hermano. Ojos rojos de sueño o llanto, cansancio y desaliento. Hay de todo en ese remolino de emociones, con excepción de certezas.

En las entrañas de ese limbo con olor a cloro está la sala de urgencias. Un gran galerón de amarillenta luz donde convergen todos los dolores y todas las penas. Decenas de personas esperan, entre calambres, fiebres, contusiones y angustias que los pocos médicos o enfermeros los atiendan. Una labor de Sísifo, interminable, en el que cada tropiezo se refleja en una vida perdida, en un último respiro. Esa sala huele a orín, mierda y desinfectante; es la peor pesadilla que podrías tener. La antesala a un infierno temido o a un cielo esperado; en cualquiera de los casos, un penoso puerto de embarque. Ya sea la vida o la muerte, en ocasiones cualquiera de esas dos vías es mucho mejor que la encrucijada.

Hay un código de vestimenta para las mujeres que quieren visitar a sus enfermos: no pueden tener blusas de tirantes. Algo ilógico, teniendo en cuenta nuestro clima y las circunstancias en las que alguien llega ahí: uno no se viste para ir al Juárez; es lo último que tiene en mente. Aun así, la guardia que está a la entrada, feroz cancerbero burocrático, para en seco a las de tirantes, dejándolas pasar, como si fuera un favor, sólo después de reprenderlas. No sé por qué se tomó esa política, desde mi punto de vista estúpida y denigrante. Sirve, tal vez, sólo para demostrar quién tiene el poder en ese reino del dolor.

Si tienes suerte, ningún familiar tuyo, o incluso tú, traspasarán esa puerta. Tal vez el destino te sonrió y eres de la minoría que tiene un seguro de gastos médicos mayores o puedes pagar, de golpe, cincuenta mil pesos. Eres afortunado. Más de lo que crees. El noventa por ciento de los mexicanos no. Están condenados a aunar a sus dolores y enfermedades ese ambiente de tristezas y carencias. 

Son tantos y con tantas necesidades, que el personal no se da abasto. Y por eso, después de maratónicas jornadas, lo más posible es que por esos pasillos deambulen médicos y enfermeros malencarados; totalmente exhaustos, agobiados por las carencias, cansados por toparse con la muerte a cada momento. Solemos juzgarlos con demasiada dureza, sin tener en cuenta que sólo son pequeños engranes de esa fábrica de lágrimas y decepciones en el que se ha convertido nuestro sistema de seguridad social. Infiernos como el Juárez se repiten en decenas de ciudades. En otras poblaciones añoran, por sadomasoquista que parezca, algo así como lo que te he descrito.

Datos duros de una realidad aún más dura

En México, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el gasto en salud equivale al 6.2 por ciento del producto interno bruto (PIB); el promedio de inversión en sistemas sanitarios de los países de ese organismo multilateral es del 9 por ciento. Y hay planes de recortar el gasto aún más. En este 2016 se recortó en 2.2 por ciento el presupuesto para el Seguro Popular, el programa insignia de la cobertura universal. ¿Puede el infierno ser peor?

La seguridad social en México está, también, enferma de burocracia. El dinero que dedica a tareas administrativas es tres veces más alto que el promedio de los países OCDE, y en los estados hay duplicidades en los registros de las instituciones públicas: más de ocho millones de mexicanos están afiliados al IMSS y, al mismo tiempo, al Seguro Popular (SP), mientras que 1.2 millones están en el ISSSTE y en el SP.

Aún en este contexto, los mexicanos pagan de su bolsillo muchos de los servicios de salud, en ocasiones con consecuencias familiares financieramente desastrosas. Según datos oficiales, cerca de 45 por ciento del gasto en atención médica y medicamentos que se hace sale del bolsillo de los pacientes y sus familias, muy por encima del 20 por ciento del promedio en los países OCDE. Esos no-lugares, que como el hospital Juárez de Mérida, quitan el sueño y la vida, han empujado a muchos a optar por los consultorios de farmacia (el llamado médico de punto de venta); lo hace, específicamente, porque no quieren ir al médico en el sistema público, según datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2012. La cifra es sintomática: veintidós por ciento.

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