Don Vito

Don Vito

06/09/2018

En la política no hay amigos ni enemigos… sólo circunstancias. Esta frase, que bien podría haber sido escrita por Puzo y recitada por Brandon, con las mandíbulas rellenas de algodón para caracterizar a don Vito, me la dijo un político yucateco —un hijo de político yucateco, ahora él también político. Y vaya que tenía razón. Atrás quedó el fuego que prendió Renán Barrera Concha en su primer informe como alcalde, cuando en ardiente arenga le espetó al gobernador Rolando Zapata sus verdades; kamikaze dialéctico que confundió el momento y la ocasión. A partir de entonces, el mandatario no volvió a poner un pie en Palacio Municipal mientras el morador era Barrera… Hasta la segunda toma de posesión del mismo Barrera. Ahí se fundieron en un abrazo con el que públicamente se dio por terminado aquel desencuentro de años. El repliegue táctico, eufemismo de derrota, nos regala en este presente imágenes que nunca imaginamos en el pasado. Algo similar sucede a escala nacional, donde otrora enemigos irreconciliables pactan y acuerdan en restaurantes y cantinas. La política es así, con mucho de histrionismo y poco de verdad. Y eso es precisamente lo que nos tiene hartos. La manoseada cuarta transformación anunciada por Andrés Manuel López Obrador es sólo maquillaje; detrás de la gruesa capa de la magia del mercadeo, el rostro de los nuevos gobernantes es el mismo. Y la gente, antes hechizada con el discurso del cambio, ahora se está comenzando a dar cuenta. El velascogate sólo es el más reciente capítulo de una serie de desencantos. Habrá, eso sí, ultras, tanto por conveniencia como por convicción, pero el grueso que apostó por lo diferente ya está convencido de que perdió su quiniela. La del pasado 1 de julio fueron las últimas elecciones de una era, el meteorito de la insatisfacción: no ganó López Obrador, perdió la casta gobernante. Los movimientos telúricos que está causando este fenómeno seguirán y se intensificarán. Al final, sólo sobrevivirá la nueva especie de dirigentes que comprenda, al fin, que la política de la vieja escuela ya nadie la quiere.  Menos histrionismo, más verdad; congruencia y certezas.