Cazadores de auroras boreales

Cazadores de auroras boreales

21/09/2018

Sólo porque es viernes… Podríamos conformarnos con lo leído y lo escuchado, con lo que nos han contado, con lo que hemos vivido. Podríamos, incluso, imaginarlo, y soñar. O podríamos hacerlo. Podríamos seguir por la ruta segura, por la brecha que otros ya abrieron; respetar los señalamientos, creer con fe ciega los mapas que nos han heredado; seguir, con seguridad, las pisadas de los otros. O podríamos intentar nuevos caminos, y encontrar incluso en la pérdida la posibilidad de otro mañana. Podríamos. O no. Esa es la encrucijada. Las nuevas administraciones podrían mantener la inercia de sus antecesoras, o hacer un alto y caminar a su propio ritmo. A lo Frank Sinatra. Podrían encontrar sustitutos a los actuales funcionarios, clones, con diferentes nombres pero con las mismas habilidades y defectos. O podrían romper los moldes, exponerse a las críticas de los temerosos, de los que recelan de lo diferente; de los cabilderos del estatus quo. Podrían conformarse con esperar, todas las noches, impacientes, a que salga el sol, o convertirse en cazadores de auroras boreales. Podríamos imitar, ser como los demás. O podríamos aferrarnos a lo que nos hace únicos. Aunque eso signifique sucumbir —llorar, rabiar, maldecir…— en el intento. Vaya intento. Lo está haciendo, por ejemplo, Merlina Acevedo, exorcista de estilo, funamblista de frases. Un lector de este reporte —también compañero de armas, es decir, de letras y de brebajes— me la presentó, obsequiándome un hermoso libro, «Apholíndromos». Merlina ha llevado la poesía de un extremo a otro, literalmente, ya que está poseída por los espíritus del revés: todo lo que escribe se lee igual de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. 

 

La luz aroma: será mar.

¡Es el alba! Halo a la luz

azul alza, pasa azul alado.

Tenues, somos sal, olas; 

seré ser, arena. 

 

Eso no sólo implica talento artístico, sino una inteligencia ingenieril que construye y destruye. La semana pasada, a través de las redes sociales, Merlina —femenino del místico de Camelot, conciencia y prudencia de ese Kennedy del medioevo— confesó impúdicamente que acababa de rematar su departamento en la Ciudad de México. Tiene cáncer, de esos que se ríen del escalpelo, y quería ver una aurora boreal. Dice, como quien se consuela a sí mismo, que los químicos y la radiación están haciendo lo suyo. Y aún así, entre las arcadas y los mechones caídos, sueña con materializar su sueño. Vendió su techo para ver el cielo. Y lo hará. Y será feliz. Y tal vez viva, o no, pero hizo lo que quiso. A lo Sinatra.