Adiós, Andrea

Adiós, Andrea

17/07/2019


El 21 de junio de 2013, en los albores del reporte 8AM, entonces Newsyu, hable sobre libros y autores. Hoy ha muerto uno de ellos: Andrea Camilleri. Sirva este recordatorio como mi honra fúnebre al patriarca. 


Hoy hablaremos de un italiano, un griego y un chino. Están los tres en un avión, y de repente, se incendian los motores. La aeronave cae en picada, y sólo hay un paracaídas. El italiano dice... No, no es cierto. Era un chiste. 
Los protagonistas de este viernes son Salvo Montalbano, Kostas Jaristo y Chen Cao. Los tres comparten profesión: son policías. Los tres son los personajes de ficción más representativos de la novela negra contemporánea.
Montalbano es un lector voraz, y un sibarita de antología. Sus aventuras están salpicadas por frases de filósofos y condimentadas por platillos de Sicilia.  Montalbano ama la buena literatura, la buena mesa y la buena cama. 
Nació, de seguro, de un atracón -literario, gastronómico o sexual- de Andrea Camilleri, uno de los autores más queridos y populares de Italia. Su nombre, Montalbano, está inspirado en Manuel Vásquez Montalván, otro grande de las letras, también con una oscura fascinación por lo escabroso y lo sabroso. 
Camilleri es un octagenario, pero mantiene la mente lúcida y la pluma precoz del adolescente. Su principal logro en la serie protagonizada por Montalbano es la lectura que hace del ser humano y la descripción tan precisa del escenario siciliano. También, combina con maestría, como una buena ensalada mediterránea, lo amargo con lo salado con lo ácido con lo picante con lo dulce... 
Y así, en plena descripción de un horrible crimen, el autor es capaz de hacer que el lector sonría con las ocurrencias del folclórico equipo de la comisaría de Vigata, a cargo de Montalbano. Camilleri no se toma en serio, postura que adopta, por irónico que parezca, por respeto a nosotros, sus lectores. En serio.
Son pocas las ocasiones en las que un autor se identifique tanto con su creación. Y viceversa. El colmillo de Camilleri es tan largo y puntiagudo como el de su comisario. El escritor se puede tomar libertades impensables en otros autores o géneros. Me viene a la mente un relato de los incluidos en Un mes con Montalbano. En este, Salvo observa cómo un par de degenerados asesinan y destazan el cuerpo de una mujer. El comisario presencia la terrible escena escondido, bajo la lluvia. Cuando se describe cómo uno de los sádicos le quita un ojo a la víctima con una cuchara, el policía no aguanta más. Corre al teléfono más cercano, y marca a Roma. «¿Eres Andrea Camilleri?», pregunta molesto el personaje de ficción. «Sí, el habla», contesta el escritor. «¡Cómo se te ocurre escribir semejante barbaridad...!», «O lo borras y empiezas de nuevo, o...».
A Kostas también le gusta leer... diccionarios. Sí. Todos tenemos manías y excentricidades. Y esa es la del comisario griego emanado de la imaginación de Petros Márkaris. Cuando el caso se complica, cuando no encuentra pistas, abre el tumbaburros que tiene en su despacho y memoriza cualquier definición al azar.
Kostas Jaritos es un desengañado policía ateniense que le sirve a Márkaris para hacer una representación crítica —que él califica de brechtiana—, de la sociedad actual. Los argumentos de las novelas que protagoniza siempre son de rabiosa actualidad.
Una de las primeras entregas de la saga, Suicidio perfecto, se desarrolla en la Grecia preolímpica de 1999. Un país en el caos previo a la mayor fiesta deportiva del mundo, con los chanchullos urbanísticos que implica la lavada de cara que implica convertirse en sede de los Juegos.
Sus más recientes casos, narrados en El accionista mayoritario, Con el agua al cuello y Liquidación final, transcurren en el apocalipsis financiero que vive Grecia, náufraga de los excesos de los euros ajenos.
Los excesos de los bancos y los banqueros, la precaria situación de una generación de jóvenes profesionales que no encuentra trabajo y la xenofobia alentada por líderes fascistas que surgen como hongos en los humedales de la recesión son el telón de fondo de sabrosos casos criminales que enreda y desenreda el comisario Jaritos. 
Chen Cao no se conforma con leer; es poeta y traductor. En serio. Un policía que escribe versos y transforma a su idioma, el chino, relatos policíacos de autores extranjeros. Tiene un doctorado. En serio. En literatura occidental otorgado por la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Beijing.
De los tres, es el más joven. Y, en el marco de las investigaciones de este detective ilustrado, el lector -tú y yo- conoce -conocemos- el rostro de la China moderna, con las heridas y cicatrices que ha dejado en ella su reciente pasado y las tensiones que genera su desarrollismo actual mientras a nivel político se intenta mantener el status quo. 
El inspector en jefe de la ciudad de Shangai cobra vida vía la pluma de Qiu Xiaolong, cuyo nombre en chino, gracias a San Wikipedia, sabemos que se escribe así: 裘小龙. Qiu nos muestra una sociedad desigual donde conviven en la pobreza más extrema con la riqueza de hijos privilegiados de los jefes del partido y los nuevos empresarios. Retrata magistralmente el olor de los barrios humildes y el falso oropel de los negocios modernos.
Al igual que Montalbano y Jaritos, Cao es un agente gourmet. La comida tiene una importancia fundamental en las novelas que protagoniza, y el lector, gracias a la placa policial del protagonista, se introduce en las cocinas de los hogares, en los puestos de las calles y en los restaurantes de barrio.
Empanadas rellenas de cerdo asado, pasteles de cebolla verde, pollo al estilo tres veces amarillo, anguilas ahumadas,  tallarines cubiertos con salsa de soya y estofado de callos, mollejas de gorrión fritas con papas crujientes o cabezas de pato sin cráneo. Especialmente deprimentes son los llamados «platos crueles» que el autor explica con todo lujo de detalles en Seda roja: sopa de tortuga viva, ojos de buey estofados y sesos de mono, extraídos de un primate vivo en el momento del banquete.
En ese aspecto, nosotros preferimos los calamares fritos en aceite de oliva de Salvo o el tzatziki -yogur con pepino y ajo batidos- de Kostas.
Con Camilleri, Márkaris y Xiaolong, el lector no sólo se entretiene; viaja y aprende. Desde el punto de vista de los personajes creados por estos gigantes de la literatura negra se conocen las tradiciones, las culturas y las situaciones actuales de los escenarios donde se desarrollan los argumentos, que son Italia, Grecia y China. Los tres son los mejores ejemplos de la revalorización del género policial, antes menospreciado por las vacas sagradas de la literatura.
Entre los tres, hay más de cincuenta títulos para disfrutar. El que lleva ventaja es Montalbano, que protagoniza 20 novelas y cinco colecciones de relatos cortos. Jaritos y Cao tienen menos aventuras, pero van por buen camino, teniendo en cuenta que Camilleri tiene 85 años; Márkaris, 76, y Xiaolong, 60.